sábado, 7 de marzo de 2009

Las enseñanzas del Tamagotchi

"El concepto epistemológico central en todo objeto tecnológico es su finalismo, ya que es creado con una finalidad explícita. Así como es un grave error epistemológico decir que el ojo existe para ver, ya que se trata del resultado de un proceso evolutivo que carece de teleonomía, es evidente que un fotosensor artificial, que es su homólogo tecnológico, sólo existe porque alguien quiso construirlo teniendo su función como meta. El pensamiento finalista es una característica definitoria del proceso tecnológico, que lo diferencia de modo terminante del razonamiento científico al cual todo finalismo está vedado." Tomás Buch. 2003 en la Revista de la OEI Nº 32

La revista C del Diario Critica de la Argentina, publicó en su edición Nº 51 del 15 de febrero pasado la nota en la que se describe como las recientes innovaciones ponen en tensión el caracter teleonómico de la Tecnología.


Las enseñanzas del Tamagotchi

Aquella mascota virtual que enloqueció a padres y pedagogos hace una década, volvió cuando ya a nadie le asombra que un aparato sea objeto de afecto.

POR FEDERICO KUKSO

Nadie se acuerda ahora de un juguete lejano llamado “huevo adorable”, pero sí, quizás, del Tamagotchi, aquella mascota virtual proveniente de oriente y a la que había que alimentar, cuidar, entretener, curar y llevarlo al baño para evitar a toda costa su muerte, con todo el duelo tecnológico que este acontecimiento disruptor significaba en la vida de un chico o de un preadolescente.

Como ocurrió con el tiquitaca, el miquimoco, los yoyos, esta especie de organismo tecnológico japonés creado en 1996 por la pedagoga Aki Maita (y vendido por Bandai) fue cajoneada en algún rincón del hipocampo, no sin dejar secuelas cognitivas y puertas abiertas para su posible resurrección. Y con mucha razón. Los Tamagotchis no fueron (ni son, por asomo) solamente juguetes o, como se los llama en inglés, “nurturing games”, capaces hoy de indignar a Chiche Gelblung o a las preocupadas mujeres de Mañaneras que, sin duda, se preguntarían: “¿Es el Tamagotchi la mascota de mi hijo o es mi hijo la mascota de su Tamagotchi?”

Tal vez a la distancia, dentro de unos veinte o treinta años, recibirán el perdón, justo cuando se los vea, por fin, como lo que en verdad fueron (y son): los introductores de las “tecnologías sociables” en la sociedad, los que le tendieron la alfombra roja y le cambiaron la cara a los representantes de la inteligencia artificial (llámense robots o androides).

Como dice Sherry Turkle, una de las ciberpsicólogas e investigadoras más vanguardistas y magnéticas del mundo (y del MIT), los Tamagotchis significaron el primer entrenamiento. “La proliferación de mascotas virtuales plantea nuevas preguntas sobre la clase de relación que resulta apropiado tener con objetos no biológicos —dice—. Como sucede con el perro robot Aibo y los robots peluche Furby, estos artefactos relacionales afectan a nuestra percepción de la identidad humana. Niños y adultos están formando lazos emocionales con las máquinas”.

Los Tamagotchis, además, se insertaron en la “cadena de la responsabilidad”: antes de tener un hijo, un perro o gato y una planta, estas mascotas virtuales —de las que hay 37 versiones, como las que van al colegio y buscan trabajo—servían de ejercicio para cualquiera con la voluntad y el tiempo de tener a algo y alguien bajo su cuidado. Y no sólo eso. Como pocos objetos, los Tamagotchis incitaron la suspensión de un concepto y una inversión de roles. Por primera vez una máquina dejó de ser vista como mero instrumento, un objeto tecnológico destinado a servir a un fin. En este matrimonio dueño-mascota, ni siquiera el ser humano es el ser mimado: la máquina no cuida o hace algo por el individuo. Es el individuo el que debe atender a la máquina.

En su momento, enloquecieron a padres y pedagogas que veían a estas mascotas virtuales como la reencarnación del diablo. Ante lo cual su creadora —su diosa— tuvo que salir a explicar: “El Tamagotchi no muere, se va a su planeta. De todas formas, en las nuevas versiones se convierte en un ángel y se le puede hacer reaparecer cuantas veces quiera. Este es un tema importante. Me gustaría que los niños supiesen que esta mascota no muere nunca. Por lo menos desde nuestra filosofía”.

Más allá de la histeria, los Tamagotchis —que ahora, como todo, vuelven— insertaron en la práctica y en la cabeza de los chicos —los protagonistas del futuro— una idea explosiva: los seres no vivos también pueden ser buenas compañías y, más sorprendente, ser objetos de afecto.

Una vez que abandonen para siempre su look y exterior metálico, los robots—se presume y pronostica— se amoldarán a la sociedad y dentro de ella, a los hogares. De ahí que a los miembros de la nueva camada artificial se los conozca como “robots sociales”, más compañía que herramientas, más destinatarios de abrazos que blancos de órdenes y quejas.

Y cuando lleguen, deberán darles las gracias a los Tamagotchis y otros seres virtuales como las Giga Pets, FooPets (www.foomojo.com), Addopt a pet (www.adoptMe.com), Neopets (www.neopets. com), Creaturebreeders (www.creaturebreeder.com), al ciberpez MOPy fish, Mobidogs, Pumpets o Bupuppies, a los increíbles Human Players (http://fon./i991xd), los Nintendogs de la consola DS o incluso a las millones de criaturas del videojuego Spore. Aquellos que hoy cuiden a sus Tamagotchis en sus consolas Nintendo Wii, en sus celulares (http://fon.gs/ clvm1z), iPods (con el juego Tamagotchi: Round the World.) o en Facebook (http://fon.gs/2l7n9a), no considerarán al humanoide como un extraño e invasor, oun simple reemplazo de un ser humano (el miedo más extendido y desacelerador de la robótica).

Lo verán, en cambio, como algo distinto, pero habitual. Nada del otro mundo. Hasta que los “artificiales” se mezclen y confundan con los “orgánicos”, argumento central de Battlestar Galactica —lamejor serie de ciencia ficción en décadas— y de la tesis del especialista en Inteligencia Artificial inglés David Levy que en su libro Love + Sex with Robots deja bien en claro su pronóstico: “Hace cien años, los matrimonios entre personas de razas diferentes o del mismo sexo estaban prohibidos en Estados Unidos. Desde hace cincuenta años los matrimonios interraciales son legales y las uniones homosexuales también han sido permitidas en algunos estados –señala–. Por eso no es muy disparatado suponer que para 2050 haya matrimonios entre robots y humanos. Siempre habrá millones de personas que no pueden mantener relaciones normales satisfactorias con humanos, y para ellos, la disyuntiva no será elegir entre una relación con un humano o con un robot, sino entre la relación con un robot o ninguna en absoluto”.

1 comentario:

  1. Me parece un excelente artículo, pleno de sugerencias y preguntas implícitas o explícitas. Un artículo que piensa en los desafíos de la educación actual y del futuro.Nada fácil, por cierto.

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